La Vall d'Ora, la fuerza del agua

Entrar en la Vall d’Ora es como despertar de una pesadilla para adentrarse en un paraje que filtra serenidad y belleza. El río Aiguadora, que da nombre al valle, serpentea de una forma tan suave que, de entrada, camela al forastero. Nadie diría que estas aguas apaciguadas y cristalinas ocultan una fuerza descomunal que mueve aserraderos, muelas y dinamos eléctricas: son los molinos de la Vall d’Ora.

Pero vayamos paso a paso. Estamos en el término de Navès, en el nordeste de la comarca del Solsonès. Para acceder a nuestro destino debemos seguir la carretera entre Solsona y Berga. Muy cerca del núcleo de Navès sale un desvío que nos introduce en el valle, un lugar donde parece que el tiempo ha puesto el freno. La carreterilla se convierte, de pronto, en un camino de tierra que desanima a cualquier dominguero despistado. A medida que avanzamos podemos vislumbrar, aquí y allá, el brillo del río, que de vez en cuando se esconde detrás de la fronda del bosque. En la ribera izquierda, un rebaño de vacas pasta en calma y reivindica su cordura. A la derecha, un martín pescador asustadizo emprende el vuelo y con su figura corta la vertical de los árboles. El aire nos trae a la boca un gusto de pinar.

Después de nueve kilómetros de pista de tierra nos encontramos el Molino de Ca l’Ambròs, el lugar más emblemático del valle. Allí hay un aserradero y una herrería centenarios y un ecomuseo recién nacido. Todo el conjunto es una buena muestra de arqueología industrial que se ha recuperado para dejar constancia a las generaciones venideras. El aprovechamiento de la energía hidráulica para mover molinos, aserraderos y herrerías en la Vall d’Ora es antiquísimo. En documentos del siglo XII, escritos en latín, ya se habla de los molendini movidos por el río Aiguadora.

El Consejo Comarcal del Solsonès y el Ayuntamiento de Navès han sido los máximos responsables del renacimiento de todo este mundo herido de muerte a mediados del siglo XX. Con la colaboración del Patronato Comarcal de Turismo del Solsonès se ha recuperado la memoria de una forma de vida casi olvidada, pero encantadora. En primer lugar, disfrutaremos del ecomuseo, situado en el antiguo colegio de la Vall d’Ora, en el Estudio. Unas fotos de los últimos molineros, Salvador Subirana de Ca l’Ambròs y Josep Pujol de Cal Guirra, presiden la pequeña y nostálgica estancia. Aquí están expuestas toda clase de herramientas de los oficios tradicionales del bosque y del campo, como son azadas, azadillas, escardillos, layas y hoces y donde se pueden adquirir productos típicos elaborados en el propio valle. Son los restos de un mundo autosuficiente y autártico, donde el agua es sinónimo de vida.

Una vez hayamos disfrutado del ecomuseo, atravesamos el río por un puente medieval de dos arcos. En el otro margen, como si diéramos un paso atrás en el tiempo, nos encontramos el restaurado aserradero de Ca l’Ambròs. He aquí una joya. Los visitantes y sobre todo los niños tienen la oportunidad única de conocer en vivo un oficio para el recuerdo: una pequeña industria montañera tradicional (también conocida como molina) que servía para serrar troncos y convertirlos en tablones y latas o bien para afilar las distintas herramientas de corte de los habitantes de la zona.

El funcionamiento de este artilugio es sencillo, pero al mismo tiempo sorprendente. El agua dulce y pacífica del río se embalsa en una presa de troncos y piedras y, en cumplimiento de la ley de la gravedad, cae por un tubo, coge impulso y golpea con violencia las palas de una turbina que mueve un eje a velocidad de revolución industrial. Como si se tratara de un juego de magia, un montón de sierras, muelas y aparatos inimaginables cobran vida de repente. Inevitablemente, también se acelera el corazón emocionado del visitante.
Muy cerca descubrimos el molino harinero donde todavía vive María de Ca l’Ambròs, siempre atenta y habladora. Este es un aliciente más de nuestra visita: escuchar las explicaciones de las personas que han vivido los viejos tiempos. Gente que da testimonio con fecha de caducidad. María, por ejemplo, cuenta con orgullo que hace apenas cuatro años todavía iluminaba su casa con energía hidráulica, un sistema ecológico y barato. Muy ufana, la molinera muestra la vieja dinamo y el "macrointerruptor" que la ponía en marcha, una especie de manivela gigante de película en blanco y negro. “Aquí todo funcionaba a base de agua”, dice la mujer, poco entusiasta de las compañías eléctricas. En los bajos de su casa encontramos el molino, que tiene dos muelas para hacer harina de trigo o de cebada. Una vez más, dejamos correr el agua y toda la maquinaria del molino despierta de su letargo. Las ruedas de piedra giran y, como una diminuta nevada, la harina cae por una pequeña abertura. Este molino dispone también de una peladora, una especie de armario movedizo cuyo retumbo deja atónitos a los visitantes, sobre todo a los más pequeños.

Con el polvo de la harina en las manos y en la garganta, dejamos Ca l’Ambròs y a María y caminando durante veinte minutos llegamos a la iglesia de Sant Pere de Graudescales (o Grau d’Escales). El murmullo del río dialogando con las piedras, la frescura casi salvaje del aire y la niebla de la sierra nos acompañan hasta la iglesia. Su espiritualidad nos hace pensar que se trata de una embajada del cielo. Es un templete de estilo románico (siglo X) con tres ábsides que conservan arcuaciones lombardas y un presumido cimborio ochavado. Muy cerca se ven los restos del monasterio hundido, donde hace siglos los monjes benedictinos disponían, incluso, de una piscifactoría. Pero los religiosos, además de orar y comer truchas, fueron también los verdaderos impulsores de los molinos que dieron vida a la gente del valle.

La caminata hasta Sant Pere de Graudescales nos aconseja reponer fuerzas. Para ello habrá que ir a la Masia El Pujol, una casona colosal de piedra vista que actualmente es una casa de payés con un agradable ambiente familiar. “A la Masia El Pujol fuimos / pensando que podríamos descansar / vida sana encontraremos / tranquilidad y buenos alimentos”. Eso dicen unos versos expuestos en la sala-comedor del inmueble, cerca del hogar. Aquí viven Dolors Pujol y su compañero, Celestí, con sus perros desmesurados. Contrariamente a lo que podría parecer, la masía no se llama Pujol para homenajear el apellido de su propietaria, sino para hacer honor a su emplazamiento, una espléndida colina (pujol, en catalán) que ofrece una panorámica sin igual del valle.

Si el visitante es observador, descubrirá en la arquitectura del edificio las claves de un pasado tan considerable como misterioso.
Entre 1838 y 1840, durante las guerras carlistas, la casa acogió un hospital militar, dirigido por la Madre Anna Maria Janer, de la congregación de la Sagrada Familia de Urgell. Todavía hoy, este es un lugar de peregrinaje para las hermanas de esta orden. Y, si todavía nos fijamos más, podremos retroceder en el tiempo y encontrar vestigios de un palacio rural, como son ventanas con poyos laterales y balcones e, incluso, haciendo volar la imaginación, se entreverán los indicios de una pequeña fortaleza con torres, contrafuertes y aspilleras.
Pero este viaje se acaba y no nos ha dado tiempo (o mejor dicho, espacio) para realizar todas las excursiones obligadas en la Vall d’Ora, tantas, que podrían satisfacer durante una semana al viajero más hiperactivo. Queda pendiente la visita al Molino de Cal Guirra, donde hay una herrería repleta de innumerables herramientas que todavía se tienen que restaurar y clasificar. Tampoco hemos podido ir a los riscos de Busa, que ofrecen un mirador imponente y los restos de la prisión de Capolatell (o de los Franceses), ni al bosque de bojes centenarios de Balielles, ni a las profundidades cavernarias de las Bòfies de Boixadera. En fin, ya volveremos a la Vall d’Ora, aunque sólo sea para dar la razón a Josep Pla cuando escribió que “la sensación de encontrarnos en un mundo desconocido nos deja el espíritu como nuevo”.


Diego Aránega
Periodista